lunes, 14 de marzo de 2016

YO, JOANNA (II)

Es horrible pensar que odias a tu madre, porque en definitiva es tu madre, pero hay momentos que te encuentras en esa parte del camino en que la quieres pero la odias.
Mis padres me adoptaron cuando tenía 2 años y 9 meses. Mi madre biológica era menor de edad, por lo que mi madre adoptiva siempre trató de que yo no repitiera la historia. Pero una cosa es intentar no repetir y otra es ver cosas donde no las hay.
Siempre me cuidó de forma extrema, haciéndome pensar que sólo ella o mi padre me podían proteger. Que no podía andar sola por ahí porque corría riesgo de muerte si ella no estaba cerca de mí.
Recién a los 17 años empecé a andar sola. Empecé a tomar ómnibus sola, a caminar sola. A los 18 me animé a ir a la rambla sola y a bajar a la playa sola. Y me hacía muy bien... me hace bien. Y creo que me hace bien saber que ella no lo sabe. Que no está ahí para decirme si estoy haciendo algo mal o bien, o para mirarme con esos ojos verdes llenos de rabia por cualquier cosa que haga, por mínima que sea.
En esos momentos en que salgo de su control, me siento bien. Es como si todo el peso que cargo sobre mis hombros desapareciera en esos instantes en que me encuentro lejos de su presencia. Pero al entrar a casa y volver a verla, escucharla gritar, rezongar e insultar de forma descontrolada, le devuelve la sensación de pesadez a mi cuerpo... y a mi alma. Y vuelven las lágrimas y esa angustia en el pecho.

Joanna

"La verdad no está de parte de quien grite más." Rabindranath Tagore




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